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12 de fevereiro de 2014

Los piratas del Napo ven la luz de nuevo en una muestra - El Telégrafo

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La exposición arqueológica sobre los omaguas, “Rostros de Luna”, inaugurada en la ciudad amazónica de Coca, busca fomentar el reconocimiento de la población con algunas de sus raíces olvidadas. También pretende crear un espacio cultural hasta ahora inexistente en este lado del país.
Foto: El Telégrafo

Redacción Cultura

El pasado jueves 6 de febrero se abrió en Coca la muestra “Rostros de Luna: El Espíritu de los Piratas”, en el Museo Arqueológico y Centro Cultural de Orellana (Macco), ubicado en pleno malecón de la ciudad. La exposición está compuesta de piezas arqueológicas pertenecientes al pueblo de los omaguas, recuperadas alrededor de la ribera del río Napo.

La muestra, la más reciente de muchas, así como la futura construcción de un nuevo edificio para el Macco, está impulsada por la Cicame, la Fundación Alejandro Labaka, el GADM Francisco de Orellana, el INPC, La Fundación Repsol Ecuador y el Gobierno Vasco.

Coca es una importante ciudad de tránsito en la Amazonía ecuatoriana. Con más conexiones aéreas con Quito que Cuenca (tercera ciudad más grande del Ecuador), cada día cientos de personajes hacen la ruta que sirve de entrada a los incontables bloques petroleros que se pierden río abajo.

Sin embargo, al igual que en el resto de la región, la inmensa cantidad de riqueza producida por la industria petrolífera no se ha traducido en avances para la gente. La mayoría de beneficios se ha fugado al extranjero o ha sido reinvertida por el Estado en otros lugares del país. Al día de hoy, como admitió el concejal Antonio Cabrera, todavía existen barrios de la pequeña ciudad que no cuentan con alcantarillado.
Foto: El Comercio

Esta dinámica también ha tenido un efecto sobre la cultura. Al ser una ciudad de paso, poblada por colonos y enfocada mayoritariamente a la extracción, la escena cultural aparenta ser limitada. Esto aplica incluso en el aspecto turístico: cuando dichos colonos llegan desde Quito, van desde el avión al puerto, y de ahí a sus programas en la selva, sin pasar tiempo ni dejar recursos en la ciudad.

Un problema que se deriva de esta situación, quizás menos perceptible al no poder cuantificarse en términos económicos, es la formación de una identidad cultural por parte de la población. Al no existir museos de historia o arqueología, la gente ha perdido el contacto con sus raíces, no sabe de dónde viene o la tierra sobre la que habita. Los pueblos originales, moradores antiguos de las selvas y los ríos, se encuentran en el olvido.

Mucho se habla, se escribe y se sabe sobre los Incas, y, más en general, sobre los pueblos indígenas de las regiones andinas. Los pueblos amazónicos, algunos de ellos muy importantes y sofisticados culturalmente, se han quedado en la oscuridad.

En la zona del río Napo y sus afluentes cercanos, la cultura Omagua floreció durante casi 5 siglos (aproximadamente entre el XII y el XVII). Este pueblo, que vivía en casi todos los sentidos del río que navegaba, llegó a dominar la zona gracias a su superioridad en la guerra. Las culturas vecinas fueron subyugadas y se vieron alejadas de la ribera del Napo, controladas completamente por los omaguas. En muchos casos, los prisioneros de guerra eran usados como esclavos.

En estos momentos de esplendor, la cultura Omagua desarrolló una sociedad compleja, basada en una noción de espiritualidad que tenía por divinidad total a la vida misma. En su concepción del mundo, todo, desde las plantas a las aguas del río, estaba atravesado por los espíritus múltiples de lo viviente.

Por eso, en este entramado vital, el personaje fundamental de estas culturas es el shamán, el hombre capaz de interactuar con los espíritus de la naturaleza en favor del pueblo: lucha con los malvados para evitar enfermedades o derrotas y apela a los amigos para conseguir su favor.

Foto: Informador
Los símbolos que nacen de las culturas shamánicas, sus múltiples encarnaciones como jaguar, águila, guerrero, sus máscaras, son las expresiones en cerámica más comunes que se pueden ver en la muestra. El resto de las piezas son vajillas ceremoniales utilizadas en sus ritos, urnas que simbolizan el útero femenino y urnas funerarias -también en forma de mujer- que parecen indicar la creencia de un renacer: las vasijas son como semillas enterradas en la tierra.

El esplendor de los omaguas llegó repentinamente a su final: en 1541 llegaron los barcos de la expedición de Francisco de Orellana. Con ellos trajeron las enfermedades que significaron su fin. En sus últimos años, diezmados y perseguidos, se dedicaron a la piratería por el río Napo, actividad por la que fueron notorios en las crónicas de la época.

Con el objetivo explícito de recuperar el conocimiento de estas culturas por parte de la población local, los organizadores de la muestra recopilaron las piezas, provenientes en su mayoría de los misioneros capuchinos y de hallazgos esporádicos de las comunidades de la zona. Asimismo, la exhibición tiene mapas detallados de las culturas de la zona, así como otros más recientes que muestran los efectos sobre la naturaleza de la colonización y la industria del petróleo.

En la inauguración, la directora de la Fundación Alejandro Labaka, Milagros Aguirre, explicó con palabras emotivas sus intenciones: “Queremos mostrar esa selva viva, morada de personas que han sobrevivido a todas las conquistas. Esa selva que ha sido casa de culturas antiguas y diversas, misteriosa y llena de vida, que buscamos siempre conquistar, acabar y transformar, olvidando su historia, borrando sus pueblos”.

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